Los 4 secretos de la expansión de los templarios

Jueves 07 de Diciembre, 2017
Los templarios fueron una orden religiosa y militar que dominó por unos siglos la Europa medieval. Estas son las claves de su expansión. Por José Manuel Morales.

Sin saberlo, los templarios estaban transformando la sociedad. Estaban poniendo los cimientos de la civilización occidental tal y como la conocemos hoy en día. También favorecieron la circulación de bienes y dinero entre sus distintas sedes, bajando las tarifas de los peajes entre ciudades y países y creando un primer intento de Comunidad Económica Europea.

Estas son las claves de cómo de la génesis y expansión de la orden de los templarios, la orden más poderosa del mundo. Es uno de los episodios más fascinantes de la Edad Media.

 

1.     Campaña de difusión templaria: reclutar hombres y recaudar dinero

Tras la aceptación de la orden y la redacción de su Regla, el siguiente paso era la expansión. Para mantener batallones de monjes guerreros en Tierra Santa se hacía imprescindible una formidable logística. No bastaba con reclutar nuevos miembros –ahora sí interesaba–, sino que habría que formarlos y suministrarles caballos, armas, vestimenta, alimentos, etc. Para esto hacía falta mucho dinero, por lo que se hacía necesario despertar la simpatía de los nobles más poderosos de Francia con el fin de atraer generosas donaciones hacia la nueva orden.

En este sentido, san Bernardo se convirtió en su principal prescriptor. Aprovechando su enorme influencia sobre los señores feudales más acaudalados de la época, logró multitud de donativos e importantes afiliaciones para la organización.

La otra pieza fundamental sería Hugo de Payns, que, convertido ya en el primer gran maestre de la orden, realizaría un periplo por Francia, Gran Bretaña, Escocia y Flandes, alistando soldados y consiguiendo considerables cantidades de dinero. Mientras tanto, los otros ocho fundadores no se quedaron de brazos cruzados, obteniendo también multitud de adhesiones tanto en Francia como en España.

En 1129 habían conseguido reclutar una tropa de trescientos caballeros y se habían implantado con éxito en Francia, España, Portugal, Inglaterra, Alemania y Bélgica. La campaña de difusión había sido un éxito, y los ingresos comenzaban a llegar de todas partes.

 

2.     Organización de los templarios: la encomienda

Pronto se hizo necesario organizar todos aquellos recursos que estaban recibiendo. Algunos nobles donaban oro y joyas, que eran fáciles de almacenar, pero otros les ofrecían tierras, castillos e incluso pueblos enteros con todos sus habitantes. Por ello, eligieron como unidad de administración la encomienda, pequeños poblados independientes y autosuficientes dentro de las ciudades.

Se configuraban como recintos amurallados cuadrangulares con cierto aire militar, que solían contener un monasterio donde vivían el comendador y los caballeros, una casa de artesanías, una granja para los criados y el resto de los trabajadores – pastores, agricultores y ganaderos– y un albergue. Este último estaba a disposición de los viajeros que se dirigían a los santos lugares, pues no olvidemos que la misión fundamental de los templarios era precisamente la protección de dichos peregrinos. Ello motivó que muchas de estas encomiendas se situaran al borde de caminos y vías comerciales, y que la separación entre cada una y la siguiente coincidiera con la distancia media que podía caminar una persona durante un día. Además, varios caballeros patrullaban por dichos caminos con el fin de evitar el pillaje.

Los pobres caballeros de Cristo, como también fueron llamados, lo hicieron todo para favorecer el comercio. Mantener tropas en Oriente resultaba excesivamente caro y no podían depender únicamente de las donaciones. Para asegurarse unos ingresos fijos explotaron eficazmente los recursos agrícolas y ganaderos de sus encomiendas, pero no se quedaron ahí. También construyeron numerosos silos, que les permitían almacenar abundante cantidad de cereal durante los años de alta producción para revenderlo más caro cuando la cosecha era mala.

 

3.     El networking   templario: enorme red bancaria y de influencia

Al cabo de pocos años su ejército superaba los cincuenta mil hombres y disponían de una red de más de mil encomiendas conectadas entre sí, estratégicamente situadas en los puntos de mayor actividad comercial de Europa. Para administrar una estructura tan descomunal, la orden tuvo que evolucionar. Se vio obligada a transformar su configuración original y empezar a funcionar como hoy lo hacen las multinacionales.

Hoy en día, las empresas registran su marca y colores corporativos. Entonces era el papa quien autorizaba a cada orden a vestir de una forma determinada. Eugenio III les concedió el privilegio de coser sobre sus mantos blancos la emblemática cruz roja utilizada en las cruzadas, lo que irremediablemente provocó airadas protestas por parte del resto de las órdenes. Además, disponer de tantas encomiendas facilitaba que las leyendas sobre sus grandes gestas en Oriente llegaran hasta el último rincón de la cristiandad, aumentando su fama y reputación.

Las posesiones de la orden ascendían a ritmo vertiginoso y el depósito de la Casa del Temple de París rebosaba de oro y joyas. Así que empezaron a mover el dinero y crearon lo que hoy conocemos como crédito bancario. La Iglesia no permitía a los cristianos prestar dinero a cambio de intereses, pues lo consideraban una práctica judía. Por eso los templarios miraban bien a quién le dejaban el dinero. Cuando lo hacían a reyes, señores y obispos, no les cobraban intereses; pero con el pequeño comerciante acordaban poner en el contrato una cantidad a reembolsar superior a la prestada, camuflando así sus intereses. Eso los obligaría a llevar una contabilidad B y a manejar lo que hoy llamaríamos “dinero negro”.

 

4.     El origen templario de la banca moderna

Sus avances en materia financiera no acabarían ahí, puesto que poco a poco pusieron las semillas de la banca moderna. Aprovechando que sus encomiendas, iglesias y monasterios se extendían por toda la cristiandad, idearon convertirlos en una especie de sucursales bancarias. De esta forma, el peregrino ya no necesitaría llevar todo su dinero encima cuando viajaba a un lugar santo, sino que podía depositar varias onzas de oro en una encomienda –donde estarían protegidas por soldados armados– e ir sacándolas a cambio de una módica comisión conforme necesitara efectivo. A la hora de realizar un reintegro, el Temple le exigía una carta sellada donde figurara la fecha de emisión, la cantidad, el nombre del beneficiario y el del titular del depósito. ¿Acaso no le recuerda a los actuales cheques y letras de cambio?

 

 

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